Lunes Santo: lo que Jesús hizo ese día y que nadie debería olvidar

Lunes Santo: lo que Jesús hizo ese día y que nadie debería olvidar.

El Lunes Santo es uno de los días más intensos y menos contados de toda la Semana Santa, un día en que Jesús de Nazaret actuó con una determinación y una fuerza que sorprendió a propios y extraños, revelando con cada gesto la profundidad de su misión en la tierra.

Todo comenzó en el camino hacia Jerusalén, cuando Jesús se acercó a una higuera frondosa y llena de hojas pero sin fruto alguno.

Sin dudar, la maldijo, y al día siguiente los discípulos la encontraron completamente seca desde la raíz.

Un acto que para muchos parecía extraño, pero que en realidad era una enseñanza poderosa: la fe sin obras, la religiosidad sin fruto verdadero, no tiene ningún valor delante de Dios.

Pero lo que ocurrió después sacudió los cimientos del Templo de Jerusalén.

Al llegar al lugar más sagrado para el pueblo judío, Jesús encontró un espectáculo que lo llenó de indignación justa:

Cambistas, vendedores de palomas y comerciantes habían convertido la casa de su Padre en un ruidoso mercado lleno de engaño y codicia.

Sin vacilar, volcó las mesas de los cambistas, derramó las monedas por el suelo y expulsó a todos los que compraban y vendían, proclamando con voz firme aquellas palabras que retumban hasta hoy:

«Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones.»

Fue un momento de valentía sin igual.

Jesús no llegó a negociar ni a guardar silencio cómodo ante la injusticia.

Llegó a limpiar, a restaurar, a devolver a lo sagrado su verdadero sentido.

Después de ese acto, ciegos y cojos se acercaron a él dentro del mismo templo, y Jesús los sanó a todos, llenando de asombro a quienes lo presenciaron y de rabia a los sacerdotes y fariseos que buscaban la manera de acabar con él.

El Lunes Santo nos recuerda que la fe auténtica produce frutos visibles, que los espacios sagrados merecen respeto y reverencia, y que hay momentos en la vida donde el silencio no es virtud sino complicidad.

Un día que comenzó con una higuera seca y terminó con milagros dentro del templo, recordándonos que donde Jesús entra, nada permanece igual.

Envido por: John Camargo (México).

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