Virgen María Auxiliadora guarda esta noche mi alma que llega cansada a tus brazos

Virgen María Auxiliadora guarda esta noche mi alma que llega cansada a tus brazos.

Madre, ha sido un día largo.

No sé si tú mides el tiempo como nosotros lo medimos, pero si pudieras ver lo que cargo esta noche, entenderías por qué llego así, despacio, casi sin palabras.

Llego como llega alguien que ha estado siendo fuerte demasiado tiempo y ya no puede más con esa carga.

Llego como llega un hijo que sabe, en lo más profundo, que hay un lugar donde no tiene que fingir.

Ese lugar eres tú, María Auxiliadora.

Hay algo que pasa cuando pronuncio tu nombre en la oscuridad.

No es magia, no es superstición, es algo mucho más real y mucho más antiguo.

Es la certeza de que alguien me escucha.

De que alguien que me conoce mejor que yo mismo está ahí, inclinada con ternura sobre este corazón mío que tantas veces no sabe ni lo que siente.

Esta noche, Madre, te entrego mis miedos. Y no son pocos.

Está el miedo a lo que puede pasar mañana, a lo que no puedo controlar, a las personas que amo y que no siempre puedo proteger.

Está el miedo silencioso que se cuela entre los pensamientos cuando todo se apaga y uno se queda solo con su propio interior.

Ese miedo que de día logramos mantener a raya, pero que de noche, cuando bajan las defensas, aparece con toda su fuerza y se sienta junto a nosotros en la cama.

Te entrego también mis tristezas. Algunas tienen nombre y fecha.

Otras son más vagas, más antiguas, como una herida que cerró por fuera pero que por dentro todavía no terminó de sanar.

Tristezas que cargo sin que nadie lo sepa, porque aprendí pronto que el mundo no siempre tiene espacio para el dolor ajeno.

Pero tú sí tienes ese espacio, Madre. Tú siempre lo has tenido.

Guarda mi sueño esta noche.

Que sea reparador, que sea limpio, que sea un pequeño refugio donde mi alma pueda respirar sin miedo.

Si en medio de la noche llegan las sombras, ahuyéntalas tú con tu luz, esa luz que no se apaga, la que me ha acompañado incluso en los momentos en que yo no la veía pero ella seguía ahí, quieta y firme, esperándome.

Abraza mi alma aunque la encuentres desordenada.

Aunque llegue con rincones oscuros que yo mismo prefiero no mirar.

Una madre no aparta los ojos de sus hijos por eso.

Y tú, más que ninguna otra, sabes amar sin condiciones, sin exigir que uno llegue entero para merecer tu ternura.

Y mañana, cuando abra los ojos, regálame algo sencillo pero inmenso: la sensación de no estar solo.

El calor de saber que tu amor me precedió en este nuevo día, que ya lo preparaste, que ya pusiste algo tuyo en cada hora que viene.

Eres mi luz en la oscuridad, María. Eres el nombre que susurra mi alma cuando ya no tiene fuerzas para más.

Esta noche, me abandono en ti. Amén.

Enviado por: Dulce María (México).

Virgen María Auxiliadora guarda esta noche mi alma que llega cansada a tus brazos.