Oración para el Martes Santo: reflexión, fe y esperanza en Semana Santa

Oración para el Martes Santo: reflexión, fe y esperanza en Semana Santa.

Señor Jesús, en este Martes Santo me pongo ante Ti para acompañarte en uno de los días más intensos de tu vida terrena.

Hoy, Tú entras nuevamente al Templo de Jerusalén y te encuentras con quienes han convertido la casa de tu Padre en mercado.

Con celo santo, expulsas a los vendedores y cambistas, y comienzas a enseñar con autoridad.

Pero los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos te tienden trampas: te preguntan con qué autoridad actúas, te envían a los fariseos y herodianos para cuestionarte sobre el tributo al César, y los saduceos, que niegan la resurrección, te presentan un absurdo caso de una mujer siete veces viuda.

Tú, Señor, desarmas cada trampa con sabiduría divina: les dices que devuelvan al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, y les enseñas que Dios no es de muertos, sino de vivos.

Luego, cuando un escriba te pregunta por el mandamiento más importante, respondes que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo es más que todos los holocaustos.

En ese mismo día, te sientas frente al arca del Tesoro y observas a la multitud echar sus ofrendas.

Muchos ricos echan grandes cantidades, pero tú fijas tu mirada en una viuda pobre que deposita dos pequeñas monedas de cobre.

Y pronuncias una enseñanza que atraviesa los siglos: ella ha dado más que todos, porque ha entregado todo lo que tenía para vivir. Señor, enséñame a dar con generosidad y sin buscar aplausos, como ella.

También este día, Señor, pronuncias el discurso escatológico: anuncias que no quedará piedra sobre piedra del Templo, y describes las señales del fin de los tiempos: guerras, terremotos, hambres, persecuciones.

Nos llamas a la vigilancia, porque no sabemos el día ni la hora.

Pero en la oscuridad de este Martes Santo, también ocurre la traición. Judas Iscariote, uno de los Doce, se acerca a los sumos sacerdotes y pregunta:

“¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré?”.

Ellos pactan treinta monedas de plata.

Así, mientras Tú enseñas en el Templo, la traición se gesta en las sombras.

Señor, purifícame de toda hipocresía, como denunciaste a los escribas que devoran las casas de las viudas.

Líbrame de la ceguera espiritual y de la tentación de negociar el amor por intereses.

Que en este Martes Santo aprenda de la viuda pobre, vigile como me pides, y jamás me convierta en un traidor.

Acompáñame, Virgen María, en este día de combate. Amén.

Enviado por: Dulce María (México).

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